“Sobre La Guerra” Texto: Pablo Rivas

Una frase escrita por Bertrand Russell, filósofo, matemático y furibundo pacifista entre otras cosas, resume de modo maravillosamente escueto la estructura de nuestras sociedades. Refiriéndose al trabajo, señala que hay, en esencia, solo dos tipos de trabajos: uno consiste en modificar la materia de alguna manera, el otro consiste en decirles a otros que lo hagan. El primero es difícil y mal pagado, el segundo es agradable y muy bien remunerado. Pues bien, esta división del mundo del trabajo humano es fácilmente extrapolable a otra área menos productiva, pero también muy humana: la guerra.

 

Porque también en esta empresa nos encontramos con esta división. Están por un lado quienes deben mover la materia, a saber: cavar zanjas, caminar, refugiarse en las zanjas antes cavadas, disparar, matar y -gajes del oficio- morir. Naturalmente los civiles también son afectados por esta actividad. Son asesinados, expulsados de sus hogares, las mujeres son violadas, hambruna, enfermedad. Miseria en general. Pero tenemos una segunda categoría de personas, quienes dan las órdenes, hacen el plan, moviendo figuritas en el tablero. Este segundo grupo de personas, excepto contadas excepciones, no viven los efectos materiales de la guerra. Tampoco sus familias.

 

¿Quién en su sano juicio desea una guerra? Ninguna persona que la vaya a sufrir, eso es seguro. Pero hay algunos que la desean, no son muchos, pero tienen bastante poder. La desean los vendedores de armas. Industrias inimaginablemente grandes (1,5 trillones de dólares al año) , íntimamente ligadas a los Estados más poderosos del planeta (¿los 5 mayores vendedores de armas? Ninguna sorpresa en esta lista: EEUU, Rusia, China, Francia y Alemania), que necesitan conflictos para prosperar. Esto no es una teoría conspirativa, sino un hecho: para vender bombas hay que gastar las bombas en stock.

¿Quien más puede querer la guerra? Gente que se siente a resguardo de sus consecuencias: los poderosos de siempre, las elites empresariales y políticas, que nunca empuñarán un arma y nunca tendrán que huir en un frágil bote sobre el mar escapando de la masacre. ¿Y qué hay de la gente común que pide la lluvia de fuego sobre ISIS, en Francia, EEUU e incluso -inexplicablemente- en Chile? Desde la comodidad de nuestras pantallas podemos seguir los bombardeos, tranquilos en la certeza que nunca nos pasará nada. Es claro entonces que estas personas no desean la guerra, sino una matanza, a distancia y ojalá con buenas tomas de cámara. Es una postura enormemente inmoral.

 

Heráclito escribió “La guerra es padre de todas las cosas”. Lo que el viejo filósofo quería indicar es que el conflicto es una constante universal de la cual emerge toda realidad. Y razón tiene. Pero estaríamos tremendamente errados si pensáramos que la guerra es igualmente inevitable que el conflicto. Todas nuestras sociedades están ancladas en un principio fundamental y es la posibilidad de resolver los conflictos sin tener que recurrir a la violencia. Es imperativo para nosotros perseverar por ese camino. La guerra y su vil violencia es una fatalidad que sucede, el conflicto siempre aparecerá y cuando llegue el momento de la violencia, cuando todo lo demás haya fallado, esta llegará. No podemos olvidar que Chile vivió esto en carne propia durante 17 largos años. Esta historia nuestra es, nos obliga, hoy más que nunca, a pedir paz.

 

 

pablo rivas ureta

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